Lo que queda del día
Las ramas de los pinos juguetean con el sol que refleja en el agua del piletón su alegría contagiosa. Mis ojos recorren entre nostálgicos y curiosos todo lo que fue nuestro hogar durante 20 años. Como tropilla desbocada mis pensamientos golpean en mi mente, se mezclan y confunden y todo mi ser tiembla y se repliega temeroso. El sol con pasos silenciosos se aleja y las sombras van cubriendo los árboles, el gato somnoliento, los pájaros cuchicheantes, el trigo generoso, mi cuerpo, mi alma, los recuerdos. Un extraño silencio nos envuelve, es el adiós del día que se va, son los instantes que se escapan entre mis manos como fina arena y siento que mi vida poco a poco, como ese sol va dejando de ser para convertirse pronto en nada.
Antes del adiós final quiero dejar un testimonio, no por importante sino porque mi corazón necesita descargar su peso de años y dejar en letras los dolores, las experiencias y el polvo que impregna mi cuerpo por el camino recorrido.
El psiquiatra me aconsejaría que recordara mi niñez, mi adolescencia y yo siento que es mi madurez, como consecuencia de todo lo vivido, la que quiere ser protagonista principal de mi relato. Quiero aprovechar cada segundo de luz para contar mi historia, con la serena plenitud del alma, con la generosa mansedumbre de la fresca sombra.
Leí en algún lugar de autor desconocido un texto con el que me siento totalmente identificada:
"Dicen que a cierta edad las mujeres nos hacemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina y que nos volvemos inexistentes para un mundo en el que solo cabe el ímpetu de los años jóvenes.
Yo no se si me habré vuelto invisible para el mundo, es muy probable, pero nunca fui tan consciente de mi existencia como ahora, nunca me sentí tan protagonista de mi vida, y nunca disfruté tanto de cada momento de mi existencia.
Descubrí que no soy una princesa de cuento de hadas, descubrí al ser humano que sencillamente soy. Con sus miserias y sus grandezas. Descubrí que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta, de estar llena de defectos, de tener debilidades, de equivocarme, de hacer cosas indebidas, de no responder a las expectativas de los demás.
Cuando me miro en el espejo ya no busco a la que fui... sonrío a la que soy... Me ale-gro del camino andado, asumo mis contradicciones. Siento que debo saludar a la joven que fui con cariño, pero dejarla de lado porque ahora me estorba. Su mundo de ilusio-nes y fantasía, ya no me interesa.
¡Que bien vivir sin poner el listón tan largo!.¡Que bien no sentir ese desasosiego permanente que produce correr tras los sueños!
La vida es tan corta y el oficio de vivirla es tan difícil, que cuando uno comienza a aprenderlo, ya hay que morirse.”
Por eso mi relato tiene la visión de la madurez y a partir de estos conceptos intentaré relatar mis experiencias y las de mi esposo en "El Refugio".
Fue un día de viento muy frío cuando dimos los primeros pasos en esta parte de lo que era en un principio la Estancia "Santa Rosa", para iniciar nuestra lucha, para convertir a esa tierra en algo nuestro, no por propiedad sino por amor. El viento nos azotaba la cara y los sueños haciendo saltar lágrimas de nuestros ojos, mientras mi esposo, to-maba medidas y colocaba los primeros postes para comenzar a alambrar la zona donde decidimos hacer nuestra casa.
Por el camino entramos a una nueva experiencia y las huellas dejadas serán eternas en nuestras vidas. Ese primer esfuerzo y sacrificio en el trozo de campo que heredara de mi padre, se iban a multiplicar y convertir en trabajos contínuos, renuncias, sufrimien-tos y también desafíos, amaneceres prodigiosos, alegría de los pequeños-grandes logros y el descubrimiento día a día de los milagros de la vida.
Ya dije que estoy relatando los hechos vividos bajo la lupa serena de mi madurez, pero no era así como me sentía en ese momento. Nací en Buenos Aires y el cemento se introdujo en mi venas y siempre me gustaron las calles asfaltadas, la gente, el ruido, el constante movimiento.
Otros eran los sentimientos de mi esposo Guillermo, que al igual que mi madre, adoraban el verde, la naturaleza en todo su esplendor y toda su violencia. Como consecuen-cia de ello para mi, la vida en el campo no fue un placer sino mucho sacrificio y sinsa-bor pero, estaba junto a un ser especial que ponía en cada cosa una cuota inmensa de optimismo y hacía mi tarea menos dolorosa.
Como dijo Borges "había vivido en una ciudad que también se llamaba Buenos Aires". En esa ciudad y en un anochecer conocí al que sería mi esposo y el hombre de mi vida, con el que compartiría todas estas experiencias y el que me empujó con su imparable torbellino de ideas y proyectos a esta vida de campo. No lo conocí en forma romántica ni cuando nos vimos instantáneamente nos envolvió una inmensa pasión. Todo fue mas racional e imprevisto. Fue en un curso de técnico agropecuario que se dictaba cerca de la Avenida Santa Fe en el Barrio Norte. Ahí fui con el objeto de conocer un poco mas sobre una actividad que, aunque no me agradaba era la que mi madre realizaba y con la que yo trataba de colaborar. El por el contrario, siempre soñó con dedi-carse a las tareas rurales y con mucho sacrificio había adquirido un campo situado en la Provincia de Córdoba, cuyo dominio compartía con un socio un tanto conflictivo. Los integrantes del curso eran todas persona que poseían campos y que deseaban especia-lizarse un poco mas en los temas agrícolo-ganaderos. De allí surgió un grupo de gente de distintas edades que continúan siendo nuestros amigos.
Por eso cuando decidimos venir a vivir al campo elegimos como nombre EL REFUGIO y como regla de vida para ellos:" nuestra amistad es el refugio que encontraran en su camino".
